
Nació en los años 70 y medio siglo después sigue siendo el último refugio para muchas personas que están o han pasado por prisión y no tienen a dónde ir. Sin familia, sin dinero y, a menudo, con problemas de salud física o mental. Expresidiarios y marginados. «Acogemos a quienes no tienen nada. Para muchos, somos el único sitio posible», explica el presidente de la Asociación Domus Pacis- Casal de la Pau, Juan Molpeceres, proyecto que cuenta con el impulso de la Fundación «la Caixa» a través de las Convocatorias de Proyectos Sociales.
La labor del Casal de la Pau, con un alberge en la calle En Llopis de 24 plazas, comienza dentro de la cárcel. Cada martes, un equipo de voluntarios —entre ellos abogados y una trabajadora social— entra en el centro penitenciario de Picassent. Visitan a más de 200 internos y realizan un seguimiento individualizado. «Algunas personas acceden a permisos o al tercer grado, pero no pueden salir si nadie les avala. Nosotros lo hacemos».
En Casal de la Pau no hay un perfil único. «No necesariamente son inmigrantes. Nuestro criterio es claro: la exclusión. Valoramos cada caso junto a la trabajadora social. Si no encajan en nuestros recursos, intentamos derivarlos a otros centros. Pero cuando todas las puertas se cierran, nosotros la abrimos», señala el presidente del centro, fundado por el sacerdote José Antonio Bargues.
La mayoría de personas acogidas tienen un historial de salud mental, adicciones o enfermedades crónicas. La entidad se coordina con la sanidad pública para garantizar atención médica y seguimiento. Además del albergue, Casal de la Pau gestiona un piso en la calle Carmelitas para personas excarceladas con enfermedades terminales. «Salen de prisión sin familia, sin recursos, y sin posibilidad de pagar una residencia. Aquí pasan sus últimos días con cuidado, respeto y compañía».
Cuando una persona mejora y puede iniciar una vida autónoma, desde el Casal también le acompañan en ese proceso. Porque su misión no es solo dar techo, sino devolver la dignidad a quienes el sistema ha dejado a un lado. «Si una persona mejora y puede vivir por su cuenta, le ayudamos en ese proceso. Pero si no es posible, aquí tendrá cuidado, respeto y compañía. Aunque solo le queden unos días», añade el presidente.
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